lunes, 21 de abril de 2008

El indigenismo marxista de Mariátegui.


Salazar Bondy acierta al postular que el marxismo de Mariátegui no era filosófico (académico) sino una praxis, un método de interpretación de la realidad y la historia que lejos del fundamentalismo cientificista, estaba abierto a incorporar los cambios en las condiciones históricas, espirituales y materiales que le coadyuvaran a realizarse como utopía. Por eso, cuando Vargas Llosa dice que Mariátegui “oye retumbar el trueno de Karl Marx” en la inminente tempestad que Valcárcel anuncia, yerra crasamente. La ficción, esta habilidad del lenguaje para crear mitos, que es de dónde nace y a donde regresa recreada la tendencia humana hacia la religión, es una característica de la vida en sociedad que Vargas Llosa parece conceder únicamente a quienes tienen el privilegio de ser escritores. Lo que Mariátegui identifica en Valcárcel como terreno común en el que se reconoce no es el marxismo sino la cercanía con el Mito, con el Nietzsche más revolucionario:

La fe en el resurgimiento indígena – dice en su prólogo a Tempestad en los Andes – no proviene de un proceso de “occidentalización” matrial de la tierra quechua. No es la civilización, no es el alfabeto del blanco lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La esperanza indígena es absolutamente revolucionaria. El mismo mito, la misma idea, son agentes decisivos en el despertar de otros viejos pueblos” (Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Librería Editorial Minerva. Biblioteca Amauta. 1970. Lima. Pp 35)

Influido por sus lecturas de Sorel, Mariátegui se acerca al espiritualismo de Bergson y, partir de allí, a la transvaloración de los valores nietzscheana. Lo que Mariátegui propone no es solo una revolución económica sino una transubstanción mítica que permitiera la realización de una utopía, una revolución también cultural que reconfigurarse a un nuevo hombre indígena.

La moralidad socialista en Mariátegui pasó por devolver una humanidad – en tanto plenitud vital y creadora – a los indios, a una “nueva civilización” que no podía surgir “de un triste y humillado mundo de ilotas sin más título ni más aptitud que los de su ilotismo y su miseria”. Lejos de haberse contaminado de la “sensualidad supersticiosa” y el “primitivismo” de los negros (que no estaban en “condiciones de contribuir a la creación de una cultura, sino más bien de estorbarla con el crudo y viviente influjo de su barbarie”[1], e impedidos, por la distancia lingüística que separaba a los peruanos de los chinos, de aprovechar su “disciplina moral”, su “tradición cultural y filosófica” y su “habilidad de agricultor y artesano”; los indios aun bajo la opresión del feudalismo de los hacendados había logrado conservar sus costumbres y tradiciones autóctonas y eran pues los llamados a formar una esta nueva nacionalidad:

La sociedad indígena puede mostrarse más o menos primitiva o retardada; pero es un tipo orgánico de sociedad y de cultura. Y la experiencia de los pueblos de oriente, el Japón, Turquía, la misma China, nos han probado como una sociedad autóctona, aun después de un largo colapso, puede encontrar por sus propios pasos y en muy poco tiempo, la vía de la civilización moderna y traducir, a su propia lengua, las lecciones de los pueblos de occidente. (El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Editorial Minerva. 1985, pg. 342)



Así, el indigenismo de Mariátegui no pasó solo por devolver la propiedad de la tierra a los indios, sino también por devolverles su dignidad a través de una ética socialista que se “forma en la lucha de clases librada con ánimo heroico, con voluntad apasionada”.



[1] El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Editorial Minerva. 1985. Lima, Pg. 342


Nota: La imagen es del fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo (1931): "Obrero en huelga asesinado"

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